RICARDO      

       PALLARES

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    Es docente, ensayista y poeta. Como profesor de Literatura tuvo trayectoria a través de cuatro concursos de méritos y oposición en la Educación Secundaria donde también desempeñó dirección e inspecciones en efectividad. En formación y perfeccionamiento docentes fue profesor en el Instituto de Filosofía Ciencias y Letras, en el Instituto de Profesores “Artigas”, y tuvo a su cargo consultorías pedagógicas. Es conferencista, jurado en concursos literarios, colaborador en el periodismo cultural, miembro de Número de la Academia Nacional de Letras desde 1999 donde fue su secretario y es director alterno del Departamento de Lengua y Literatura, miembro de la Comisión de Literatura y colaborador asiduo de la Revista de la Academia. Es Correspondiente de la Real Academia Española. Fue directivo en la Casa de los Escritores del Uruguay e integra el Consejo Director de la Fundación Vivian Trías.

  


Discurso de Ingreso Academia Nacional de Letras

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CRÍTICA SOBRE SU OBRA

 

 

La poesía de Ricardo Pallares – Leonardo Garet (Pág. web)

Narradores y poetas conteporáneos – Claudio Paolini (Pág. web)


* Memorias e invenciones y la historia reciente - Hebert Benítez Pezzolano (v. abajo)
Sobre memorias e invenciones  - Marcia Collazo

La materia blanca de los sueños – Mariella Nigro

Las regiones silenciosas y blancas de un libro-viaje (Antárticos) – Guillermo Lopetegui

Carta opinión de Elbio Chitaro

* Ricardo Pallares, poesía, crítica y docencia – Andrés Echevarría

Amante Geología – Selva Casal

* Las cajas del instrumento – Selva Casal

* Habrá de verse – Washington Benavídes

* Una fluida articulación del vuelo (Reseña) – Rómulo Cosse 

* "El lugar del vuelo", de R. Pallares (Reseña) – Rafael Courtoisie

* Ricardo Pallares: un mester de cantería – Gerardo Ciancio

* Razón de olvido – Leonardo Garet

* Acerca de la poesía de Ricardo Pallares (Razón de olvido - Amante Geología) – Susana Boéchat


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Memorias e invenciones (*), de Ricardo Pallares y Raquel Barboza, y el pasado reciente.

Ponencia en la Fundación Vivian Trías. 17/05/2017  


                                    Hebert Benítez Pezzolano

 

    Tengo el orgullo de estar en esta casa de la Fundación Vivian Trías una vez más. Volvemos a presentar este libro en panel, ahora con un vector temático diferente al que tratamos al presentarlo por primera vez, y vincularlo al pasado reciente. Semejante foco de la intensidad ya nos viene dado, pero ahora se trata de percibirlo en una relación más o menos explícita con el pasado reciente, básicamente con los hechos que condujeron en nuestro país a la dictadura de hecho y a la dictadura institucionalizada por medio del terrorismo de estado.


    Memorias e invenciones (Antítesis Editorial, Montevideo, 2017) es un libro que está construido en relación con distintas clases de memorias y de historias; historias con minúscula y con mayúscula. Ante todo uno ve que está construido por cuadros, por estampas, por una prosa plena de precisiones y que a veces cambia de registro y entra en lo poético, autoabandonándose en ocasiones para entonces ceder paso al verso y de pronto lo poético se mantiene en una línea que nos va llevando hacia lo más prosaico, en el sentido del tema, en el sentido del ritmo, pero siempre se trata de una forma ostensiblemente elaborada. Es decir, que nunca se pierde la idea de que esto es una composición, una creación que articula incluso con los dibujos y la creación plástica de Raquel Barboza.


     Hay textos que leo como cuentos, otros como crónicas; hay textos a los que leo como ficción y hay textos que leo como ficcionalización de lo que entiendo como histórico. Cuando leí “Mellizas”, enseguida pensé en acontecimientos muy definidos y de pronto también pude pensar que era una ficción. Pero cuando leo “3 mil balas” y veo los fusilamientos de la 20, lo pienso como una ficcionalización verbal pero no de la historia ocurrida. Hay distintos planos de la memoria y el problema de la verdad asociado con la ficción: hay ficciones que pueden traernos más potentemente la verdad que la verdad colgada en el acontecimiento, en la referencia, etc.


     Estas ejecuciones ocurrieron. Estas tres mil balas son el título ficticio de una cantidad de balas y de una verdad que está metida adentro. Hay una historia y hay una perspectiva, e incluso en este sentido ya hemos comentado cómo había sido construida.


     Uno lee “Memorias e invenciones” y lo relaciona con la historia reciente y piensa: voy a buscar en estos textos referencias claras en relación a ella. Me es fácil pararme en el texto 22 por ej. y leer “Las niñas permanecían en un colchón tirado en el suelo con un custodio apuntándolas”. Me paro en este pasaje y digo: 1972.


    ¿Qué es lo que ocurre? Es que hay otros pasados en este libro. Hay pasados recientes y hay pasados que no son tan recientes pero desde este presente esos pasajes terminan por articularse, se relacionan unos con otros.


    De pronto hay irrupciones de nostalgia de fines de los 50, de los 60, pero asimismo aparecen otros tiempos que no son nostálgicos. Hablo de irrupciones que tienen que ver con fines del los 60 hasta el periplo dictatorial. Este texto, otros textos como el del cocodrilo por la calle Convención, se van construyendo simbólicamente a través de una energía ficcional y otras veces referencialmente a través de una energía denotativa y denunciante, una y todas ellas.


    Entonces hay distintos registros, distintas formas de “apoyar la pluma” para poder elaborar estas cuestiones. Por ejemplo, me enfrento a “Mellizas” y me encuentro con un texto tremendo donde se conjugan “el lenguaje de las mariposas”, “el amor de las rosas” con un procedimiento de la fuerzas conjuntas.


    El texto mantiene esas uniones, arma esa extraña metonimia; vamos pasando de una cosa a la otra, de rosas a fuerzas conjuntas como un gran oxímoron, como una gran potencia de algo que unifica tradiciones de lo bello con el horror, asunto que tiene un largo pasado en la literatura desde Homero (el Prof. D. Bordoli decía “solo a Homero es dable hacer bello al horror”), a Stephen Crane y “La roja insignia del coraje”, e incluso la belleza homérica de momentos de violencia, no de horror, en Eduardo Acevedo Díaz.


     Pero aquí hay otra cosa que le llamamos horror y no es horror sobrenatural sino bastante natural y muy político. Entonces esa lectura es una posición, una lectura posicionada donde lo estético no es desplazado sino que impregna a los acontecimientos históricos y los designa al mismo tiempo. Se trata también de la historia contada y de lo que connota. Yo diría que este libro es muchas cosas pero también, para la mesa de hoy, es un libro contrario al horror de la dictadura y es una denuncia de ella y los acontecimientos que la fueron armando, construyendo. En donde hay más ternura o más posible ternura hay un procedimiento de la fuerzas conjuntas. Y uno tiembla al decir “un procedimiento de las fuerzas conjuntas” que fue para ejecutar las desapariciones, la mayoría de las cuales están todavía impunes.


     Entonces estas Memorias e invenciones resultan de una conciencia que es también una conciencia ética relacionada con la verdad y las formas de decirla. La memoria es una construcción pero hay un núcleo de la verdad y la invención también mantiene ese núcleo. Hablando de ciertas verdades históricas, existen distintos grados de verdad.

     Hay otros elementos aquí que tienen que ver con la elaboración estética que es constante. No es que donde aparezca el horror no hay elaboración estética: este aparece desde dicha elaboración y en virtud de ella. Una cosa parece que apaga a la otra pero entran en un raro equilibrio lleno de fricciones donde lo estético trata de jugar como modo de memoria porque lo estético es más memorable. Esto está en las bases del lenguaje poético: lo estético tiende a la memorabilidad porque tiende a conservarse en su propia forma.


    De lo que hablamos en este libro se conserva en su forma, mantiene su verdad jugando como a levantar la piel de la belleza con respecto a nuestro pasado reciente. Debajo está el horror pero también hay formas de consagración que terminan por colocar a los protagonistas y a las víctimas del horror en el lugar de la reivindicación que esa memoria hace e indica.


     Esta manera de ver el libro, que también supo anotar Rómulo Cosse al final del mismo, y la plástica que hay en él, hacen pensar en muchos lugares y cada vez que decimos pasado reciente quisiéramos alejar la palabra “reciente”, pero significa que está pendiente y que hay cosas pendientes.


     Este libro, que hace bajar al cocodrilo por la calle Convención, que llena de balas y de muertos otra calle, no hace solo esto, camina hacia otras cosas.


      Pero sin esto sería diferente en su posición con respecto al pasado y a una lectura política que es lo que uno casi siempre debería tratar de hacer, en el sentido más amplio de lo político, tal como lo dice Fredric Jameson. Creo que hay que leerlo también en esa clave y mantener la tensión del título entre la memoria y la invención, entre la belleza y el horror.



(*) Pallares, Ricardo. Barboza Raquel (ilustraciones). Memorias e invenciones. Antítesis Editorial. Montevideo, 2017

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Caras y caretas - Año XVI Nº 810 - viernes 5 de mayo de 2017

 

Sobre memorias e invenciones (*)

 

Por Marcia Collazo.

 

 “Los recuerdos no son más que los consentimientos del olvido”. Con esta frase, que se desliza entre las dos altas montañas del filosofar y del poetizar –que, como dijo Martin Heidegger, se hallan colocadas una frente a la otra–, comienza este nuevo libro de Ricardo Pallares, titulado Memorias e invenciones, realizado en colaboración y en verdadera hermandad creadora con la artista e ilustradora Raquel Barboza.

 

Ya de entrada, el título seduce. Por un lado, queda en entredicho su género, lo que me regocija y acicatea mi interés, puesto que hablo desde mi condición de lectora y de escritora, y no desde una formación analítico literaria que estoy lejos de poseer; cabe preguntarse, entonces, si se trata de un libro de poesía o de relatos cortos desbordantes de espíritu poético, a caballo entre la crónica, el hilo deshilachado del recuerdo y el territorio de lo fantástico, donde además se han intercalado versos, ya del autor, ya de terceros. O si se trata de desperdigados fragmentos del yo, vistos o entrevistos al pasar de las páginas, apenas alcanzados con las puntas de los dedos por quien lee. O si el libro constituye un alud de rememoraciones en las que se sumerge el lector –en cuanto intérprete, interpelado e interpelante de este vasto mundo de letra y de dibujo–.

 

Para Aristóteles, la invención consiste en un acto de descubrimiento. Así, como en un juego de espejos, son múltiples los territorios inexplorados en que se nos invita a incursionar, tanto como las interpretaciones que esta obra suscita en el lector. En todo caso, Ricardo Pallares deja abierta una puerta que da al misterio, a los arcanos donde nuestra propia sombra se pierde en un caleidoscopio de vivencias, de olores, de colores, de formas y de ruidos; de esperas y de desesperanzas, pero también de humor y de auténtica filosofía existencial.

 

No obstante, cualquiera sabe que las tierras de la memoria son oscuras, atávicas, que están plagadas de peligros. De ahí la advertencia primera del autor: como el poeta Virgilio condujo a Dante, él nos lleva de la mano hasta el brocal de ese pozo manantial en cuyo fondo acecha el peligro, “Porque lo oscuro al fondo se oye pero no se ve”. No importa si el riesgo reside en el abajo o en el arriba, en la negrura o en la luz. “En el ágora de las páginas del agua siempre habrá una viudez en blanco, un silencio provisorio”, un verso que es a la vez calmado y tenso, un rumor de recuerdo que fluye como si no existieran los finales, y que nos invita a cerrar los ojos, o mejor dicho a abrirlos a otra dimensión, en la que nos aguardan las imágenes del narrador poeta y de la artista dibujante. Capítulo aparte merece la correspondencia entre Pallares y Barboza, que oficia como una metalectura del cuerpo principal del libro, o como un contrapunto hermenéutico al que se sumará el lector, poco a poco, casi morosamente.

 

La obra comienza con Las infancias y las maravillas (capítulo I), o el momento de los descubrimientos primeros, casi siempre inquietantes en su aparente mansedumbre. Le sigue Variadas ocurrencias (capítulo II), en donde no faltan pinceladas que lindan con lo anecdótico de ciertos personajes, como es el caso de El Gritón o el caudillo, “personaje del foro que tiene gorguera y es algo decadente” y lleva un poncho cuyos flecos sedosos “me hacían recordar a los filamentos quemantes de las aguas vivas en la playa de Pocitos”. Continúa con Asuntos serios (capítulo III), en donde Pallares amalgama lo poético con aquello situado entre lo prosaico, lo técnico y lo absurdo, como en el magnífico relato Andando y navegando nunca se sabe el fondo, en que en medio de una sudestada se produce un intercambio de recitados entre los tripulantes de una lancha motora, que giran en torno a Don Quijote, La divina comedia y los mismísimos tangos rioplatenses. El capítulo IV se titula Fiestas de la memoria, y allí Pallares se lanza a los territorios de la exuberante fantasía creadora, como en El Riquembaker, que trata del solemne desentierro de “un espléndido coche sport negro, con cromados que volvieron a relucir después de ser lustrado”, y que se hallaba debajo de “una masa oscura donde dormían las gallinas y se amontonaba el estiércol”.

 

Viene después Memorias con duelos (capítulo V), en que alguna narración, como 3000 balas, sacude al lector con la crudeza y la brutalidad de una ráfaga de ametralladora: “Con quince años estuvo de plantón frente a ocho cadáveres. Los habían apilado en medio del patio de la comisaría, a pleno sol. Eran los cuerpos de los militantes del Seccional 20”.

 

El libro se cierra con Epílogo ensoñado (capítulo VI), pleno de seres que transitan de lo mitológico a lo humorístico, como Líber el dragón, que “Llegó con alas batientes, escamas verdes, amarillas y negras” y “tomaba vasos con aguas incendiarias que producían llamas muy vistosas”. En definitiva, en la tierra de la memoria y de la invención flotan, se asoman y desaparecen personajes reales o imaginados, momentos de la vida, jirones de recuerdos trasmutados en luz, en relinchos y en traqueteo de locomotoras, en ideas, actitudes y sentimientos; hay objetos trasmutados en magia y en mito, en dolores y desencantos, e incluso toma cuerpo el horror desatado, cuando tras el allanamiento del Seccional 20, las balas eran recogidas “con palas junto a cada árbol de la vereda de enfrente”.

 

Estamos ante una obra poética poderosa y grave, humorística y dramática, que merece ser leída, no solamente por su calidad artística –en la que incluyo expresamente los dibujos de Raquel Barboza– sino además por su lenguaje, en constante referencia al alma y a la sabrosura de lo popular, por su gracia y su versatilidad para pasar de la ensoñación candorosa y la referencia amable a la brutalidad del miedo, instalado en el espacio, en el barrio, en la casa, en la ventana de madera que da a una azotea por donde se ha paseado la muerte en toda su ferocidad.

 

Memorias e invenciones es una obra que bien puede catalogarse como un mágico hallazgo, como la posibilidad de regresarnos, de la mano de la metáfora, a un universo que es de Pallares y también de todos y cada uno de sus potenciales lectores. Al llegar a la última página, no sabremos si hemos sido movidos por el huracán de la poiesis y por las significaciones que brotan de los dibujos o, además, por la necesidad de armar y desarmar nuestra propia casa de recuerdos, nuestra condición humana, nuestra alma. Eso es lo que hace la poesía; eso es lo que hace el arte, aunque algunas veces pueda parecer, como dice Pallares, “que es esquivo y no dura, que no sirve para el otro lado donde se quedan agazapadas todas las cosas”.

 

(*) Memorias e invenciones, de Ricardo Pallares. Ilustraciones de Raquel Barboza. Libro publicado por Editorial Antítesis, Montevideo, 2017.

 

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LA MATERIA BLANCA DE LOS SUEÑOS

Una lectura de Antárticos, de Ricardo Pallares

(Yaugurú, Montevideo, 2014)

  

“… el ser aparece  como desplegado a un tiempo

en el destino de la altura y en el de la profundidad”

  

Gaston Bachelard

  

Como en Amante geología, ese libro de 2010 que Ricardo Pallares escribiera con “un contento primordial de geoda”, en Antárticos, el poeta también comparte con el lector un “viaje inmóvil” (así se titula el poema que abre aquel libro), un viaje que continúa aquí, de otra forma, con el ensueño de la piedra, el hielo, la“placa amargo pizarra”“loza glaciar” donde inscribe, como sobre la hoja en blanco, “los derechos del verso”, su erudito lenguaje en “irrestrictas letras marineras”.


El que propone Antárticos es un viaje inmóvil -contemplativo, reflexivo, extensivo- porque es, desde el más oracular oxímoron -viaje, inmóvil-, una aventura tras la “diosa antártica”élan que atraviesa un enclave metafísico, pleno de imágenes soñadas y pliegues literarios. Es un viaje onírico, un viaje interior, en el que la poesía alcanza su pico más alto en el lugar de la más alta soledad: “es sola allí la soledad del mundo”, dice. Como un Caspar Friedrich sobre la montaña helada, instalado frente a un paisaje que el pintor alemán torna ubicuo y atemporal (utópico, ucrónico), en Antárticos, el poeta se para en el borde de un espacio escrituralfantasmático, un panóptico desde el cual todo se ve por mérito de la palabra, y así torna ubicuo el mundo en el que se ha inmerso. Es entonces un viaje a la literariedad, en tanto otorga estatus textual a una realidad ubicua. Su enclave literario es “una cáscara cósmica / que se enciende en cascada” y que lleva hacia “una verdad que es pura / silenciosa verdad significada / que llega hasta su altura ensortijada”. Así, el libro es un espejo virtual del mundo del poeta, un espejo fenoménico, visionario, porque nada refleja de la prosaica materialidad, sino que muestra la pulsión de las palabras, la entropía de los fenómenos, los destellos de sus visiones, sus trazas.


De la realidad palpable a la onírica, corre el inconmensurable trecho puesto de relevancia por las vanguardias poéticas del siglo XX, que otorgaban a la categoría de lo real y de lo onírico en el arte una condición de reversibilidad. Si bien no aventuro a remitir a Antárticos a un surrealismo literario -particularmente por la categoría estética de verosimilitud que lo rige-, advierto esa búsqueda oscilante entre lo eidético y lo sensible, lo racional y lo sinestésico, entre la miniatura y lo inmenso, entre el lugar concreto actual y la heterotopía, que ensayaban aquellos vanguardismos.


El espacio planteado por Antárticos es una heterotopía en el sentido dado por Foucault: “la realidad se hace a su lento modo / los vacíos en los tiempos glaciares / la gestación de la sangre del plancton // el albatros errante / hace los salvatajes al misterio / y la vida gestada en el poema”. Así, en esta Antártida literaria rige un conjunto de relaciones que definen emplazamientos múltiples en un solo lugar real, “otros lugares”, diría Foucault, “espacios diferentes”; y también heterocronías, cortes en el tiempo, aporías, experiencia de Aleph: el poeta viaja de polo a polo, desde el narval del mar del Norte hasta las australes“serradas Animas”, o aun a la “panóptica cloaca de estuario” en “la lata del plata” del río, un estuario y un río que nos dan enclave de nación. Y desde ese estuario comienza el viaje (en el primer poema del libro), anunciando allí, con la alusión a un “cementerio marino”, una poesía pura (como la que Paul Valéry siente “entre el vacío y el puro acontecimiento”), con la que va dibujando el espacio de su palabra.


Antárticos crea un mundo referencial con cierto grado de abstracción y visualidad, remedando vagamente el creacionismo de Vicente Huidobro y sus “Poemas árticos”. Así, la proyección refractaria del discurso habilita en Cuatro océanos (tercera sección del libro) a convocar todo un universo blanco: la “locura andina” y los“antartandes” de la “zona austral”, pero también los “trineos” y el sueño nórdico en “el helado mar deHelsinski”. Entonces, el viaje trastoca norte y sur de la palabra en la página, con un guiño torresgarciano.


Ricardo Pallares es un flâneur posmoderno en su relación con las cosas, con los elementos y con los espacios, lo que hace que el poeta metafísico desemboque en el esteticista, preocupado por la relación entre la palabra y la imagen. Explorador estudioso y curioso  -“en medio de lo fugitivo y lo infinito”, definiría Baudelaire y Benjamin al flâneur-, así fija el poeta su vasto domicilio: extiende los límites de su urbe al orbe.


El espacio que crea es un espacio alterado (“…con territorios / que a veces desmoronan fragmentados”), que sublima lo blanco: lo blanco del cielo -“Pobre cielo talla en talco y algodón / escultura de plomo glaseado”-, los suelos “enharinados”, la blanca cordillera o el blanco mar: “Asamblea de témpanos casuales”, “Divino manto en pluma labrado”. Entonces, la proxémica comunica el mensaje de tenor profético: “cuando se acerque a tierras fracturadas / los instantes pasarán desbocados / como yeguas blancas perdiendo leche // como equinos feroces mostrarán / desfigurados en la luz, los dientes”.


Y en ese espacio de helada página, buque, barco a gasoil o balandro van dejando su estela azul; o son ballenas, delfines, orcas, peces, gaviotas, albatros o morsas, los seres que resuellan en la sinécdoque, bajo “el crill caído de las estrellas”. Nave o fauna, es la Poesía la que navega, como se entrevé en estos versos: “Cuando navega en el sentido inverso / tirabuzón de lo desconocido / que presiente a los seres / les muestra solo un mechón plateado / el resto es transparente”. Es la poesía que muestra apenas un reflejo, con toda la transparente elocuencia del silencio, que el poeta califica como “silencio antártico”. Parece ser la Poesía ese“Iceberg eterno que viene tan lento / en un colosal perdón de hielo vivo”; la poesía, como el silencio en el tiempo y el vacío en el espacio.


Todos los espacios que Pallares recorre en este libro, los lugares y los elementos convocados en los poemas, remiten a ese “hielo vivo”, como “centro de sueños” del poeta. El filósofo francés Gaston Bachelard tiene una profusa obra basada en el estudio de “la materia como centro de sueños” en la obra de los poetas que aborda, una fenomenología de la imaginación con la que construye una poética de las materias y los elementos (su tetralogía), a través del análisis de las imágenes literarias y de las correlaciones entre el microcosmos y el macrocosmos.


La blancura del enclave poético es, en Antárticos, un ensueño literario, una “hipótesis onírica”, diría Bachelard, que sostiene la escritura.


En Internet se explica que el hielo glacial suele ser azul cuando es muy denso a causa de varios años de compresión… De alguna forma, aplicando esta fenomenología de la imaginación, podría ensayarse que este libro de Pallares aparece luego de haber sedimentado durante años toda su vasta escritura; de esa forma, llega a esta peripecia del “mármol blanco o el azul del incendio”, porque esa es la materia de sus sueños, porque en Antárticos“cada elemento es de filo riesgoso”. (En Ceniza del mar, libro de Pallares de 2007, el poeta también “trepa hielos ignorados’, y hay “torrentes de alto filo”“florecen nacarinas del agua” y “están / el coral azul y los delfines”). Es el que llama Bachelard “dinamismo de la materia”, con “su masa de atractivos ocultos” que “ponen en juego convicciones poéticas”. Y como aquella “mayéutica rocallosa” que el filósofo francés atribuyera a las “rocas primordiales” de Novalis, aquí los elementos cobran una virtud noemática y noética: “De ceniza los buques / de trigo ausente la oscura arboleda / cada elemento es de filo riesgoso / para el naufragio total de los puertos // la realidad se hace a su lento modo”. Es la vivencia de estos elementos y es el pensamiento de esta vivencia… Es la sensación y es la idea; es la construcción intelectual y es el deseo: “el errante hace profundas sus trazas / aletea en los rincones del aire / sueña con helado mar en Helsinki // hay pocas alas blancas en el mundo”.


Esta poética de la soledad, provocada por momentos por cierto voluntario hermetismo, no resta vocación de comunicación a los poemas de Antárticos. Esa soledad despliega una forma de espiritualidad, un ejercicio de contemplación con el cual el poeta levanta imágenes y sensaciones. Pero no se trata de un ejercicio autobiográfico, ya que en esta poesía rige la ficcionalidad en tanto categoría literaria, y se ensaya una historia contrafactual, una historia alterna de la realidad, de su realidad. La espiritualidad a la que aludo, la que varios de los poemas de este libro me sugieren, evoca la de la poesía de Petrarca, cuando decía “ardo y soy hielo”, o la de Quevedo, que reiteraba el oxímoron: soy “hielo abrasador, fuego helado”. Es la espiritualidad que saben trasmitir las imágenes poéticas, las que, como observa el filósofo Bachelard, constituyen la materia de los sueños, las que muestran la realidad material y la realidad síquica del poeta, y a la vez, “las que preparan el conocimiento y las que preludian los ensueños”.


Luego de escritas estas notas, una entrevista del prestigioso programa de Radio Uruguay, La máquina de pensar, me confirmó estas observaciones. Allí el poeta aclara: “no es el hielo de la desolación, sino lo trascendente, lo espiritual”, explicando que “lagartos y camaleones (en los dibujos) son símbolo de la poesía (…), por el cambio de piel (…); porque “representan la mutación espiritual y la búsqueda del conocimiento”.


Y se refiere a su libro como una “libreta de poesía y de arte”, una “creación transdisciplinaria, a dos tiempos, a dos voces, a dos artes”, con “dibujos que no retratan, sugieren…”


En una edición delicada y exquisita de la editorial Yaugurú, como es habitual en los trabajos de su responsable, Maca, el blanco de la página -donde se inscribe la poesía en letras azules- recibe también la pluma azul de la artista plástica Raquel Barboza, que acompaña la poesía de Pallares con el destello de los finos trazos de sus dibujos, por momentos con el mismo hermetismo de algunos de los poemas.


El diálogo entre la pintura y la poesía ha sido vastamente ensayado por poetas y artistas visuales en el correr de la historia, fascinados por la intertextualidad y la tensión entre los sistemas gráfico y escritural. La relación entre uno y otro se remonta al pensamiento antiguo (“la pintura es poesía muda y la poesía es pintura que habla”, dictaminaba Simónides; “ut pictura, poiesis”, sentenciaba Horacio). Entonces, ese diálogo implica una reproducción empática de uno y otro sistema de signos; cada expresión pervive en su área expresiva y provoca nuevas refracciones de un mismo hecho poético… Es, así, un fenómeno de recreación, traducción, transfiguración de la imagen en palabras; y también la operación inversa: la interpretación de los versos en el dibujo. En un sentido y en el opuesto, se trata del paso de un sistema de figuración a otro, la construcción de la metáfora de una metáfora, la ilusión de una ilusión.


El hermetismo que percibí en mi primera lectura de Antárticos se confirma con las reflexiones de Pallares en la citada entrevista. Dice entonces el poeta: “como es arriba es abajo”; y remite el sentido de esta poesía al conocimiento mágico de Hermes Trimegisto, a su ocultismo y sincretismo. Así, invoca “Mar, cielo y hielo”para proponer un “contacto con lo absoluto, la unidad esencial, el Todo”, esa “Antártida otra, edén alternativo”, “un mar que existe o que no existe”. Un mar que, ahora blanco de hielo, conserva la plenitud del que navegara en su libro Ceniza del mar, donde decía “el océano es redondo”, ya presagiando “el coral azul y los delfines” de Antárticos.

La poeta Selva Casal advierte, desde el epílogo, que “este libro es una carta abierta al infinito” y que el poeta “nos enfrenta a una extraña realidad”.


En esta tónica de la irrealidad y la extrañeza de Antárticos, la poesía de Pallares es una interpelación a la blanca materia de sus sueños.

 


Mariella Nigro

Abril de 2015

  


Referencias

  

*Michel Foucault: De los espacios otros, “Des espaces autres”, conferencia dictada en el Cercle des études architecturals (14 de marzo de 1967), publicada en Architecture, Mouvement, Continuité, n 5, octubre de 1984. Traducida por Pablo Blitstein y Tadeo Lima. http://yoochel.org/wp-content/uploads/2011/03/foucalt_de-los-espacios-otros.pdf

*Paul Valéry: El cementerio marino. Traducción: Manuel Cabesa: http://www.letralia.com/transletralia/valery/02.htm

*Charles Baudelaire: El pintor de la vida moderna (1863): http://s3.amazonaws.com/lcp/qwerty/myfiles/baudelaire.pdf

*Gaston Bachelard: La tierra y los ensueños de la voluntad. FCE, Breviarios. Traducción de Beatriz Murillo Rosas. México, 1994.

* Centro Nacional de Datos de Hielo y Nieve de Estados Unidos: http://www.cromo.com.uy/2015/02/la-hermosa-cara-oculta-de-un-iceberg/

* Entrevista de Pablo Silva Olazábal a Ricardo Pallares: La máquina de pensar (Radio Uruguay 1050 AM,  10/12/2014):

http://www.radiouruguay.com.uy/innovaportal/v/64268/22/mecweb/ricardo_pallares_presento_su_poemario_“antarticos”?parentid=44871

*Antonio Monegal: En los límites de la diferencia. Poesía e imagen en las vanguardias hispánicas. Madrid: Editorial Tecnos, Colección Metrópolis, 1998.

*Mariella Nigro: La voz de la mirada. Palabra e imagen. Publicación original en Revista de crítica literaria Hermes Criollo, Nº 2: En Internet: La Otra Gaceta, # 19, Octubre de 2008, Alforja virtual de poesía, México.http://www.alforjapoesia.com/noticias/images/mariella_nigro.pdf

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Antárticos, de Ricardo Pallares (ilustraciones de Raquel Barboza)


 LAS REGIONES SILENCIOSAS Y BLANCAS DE UN LIBRO-VIAJE

 

                                                                                                   Guillermo Lopetegui

                                                                                                  Agosto de 2015

  

Libro-barco, libro-catalejo, libro-rompehielos, libro-gaviota, témpano, nube, viento, nieve…pero sobre todo: palabra que en el verso va reformulando ese universo tan particular (¿tan poblado de una soledad casi nerudiana?, evoca el poeta Ricardo Pallares) totalitarizado por el agua y el hielo, los animales marinos y los voladores, y por ahí también el hombre, el ser humano, en estrofas casi postrimeras de esas que integran la tercera de las tres partes (“Entre dos aguas”, “Cielo del hielo” y “Cuatro océanos”, más un elogioso “Envío” llegado del mundo de ensoñación de Selva Casal) en que se estructura esta experiencia de extraña poética que lleva por título, por nombre más precisamente: Antárticos (Yaugurú, Montevideo, 2014), y en cuyas páginas los trazos del lápiz de Raquel Barboza se complementan y a la vez “son”, de manera sutil, con la carga tanto simbólica como rítmica de estos se diría que “mapas” trazados con palabras, cartas marítimo-literarias que remiten, sin embargo, a una geografía del intimismo más allá de cierta visión objetiva que por muchos momentos alcanzan estos poemas: “la panóptica cloaca de estuario/ es ancha y salvador no la cruzó/ no pasará piando alto sobre nubes/ con la grande Antártida en las pupilas/”  (pág. 9).

 

Se trata de una conciencia viva que en la experiencia de la escritura, como sugerente viaje de los sentidos, se torna en observadora omnisciente (raro de verlo en la poesía, para celebración del lector y del Cesare Pavese de El oficio de poeta) de regiones que por momentos parecen alcanzar lo suprahumano de una cosmogonía que comporta la Naturaleza misma y de la que, no exentos de límites, todo organismo viviente está formando parte y justifica esa cosmogonía, si bien por lo general no se alcance a comprenderla, a interpretarla, a aprehenderla sino desde la óptica de ese Arte que permite rescatar lo esencial de determinados momentos, de determinadas manifestaciones; como decían los primeros cubistas -con Picasso y Braque a la cabeza-: “Pintar aquello que no se ve pero que se sabe que está ahí”: la parte “eterna”, “esencial” de algo perecedero. Por parafrasear en parte lo que Gilles Deleuze expresa en Proust y los signos; por traer al terreno de la poesía de un uruguayo lo que se aplica al escritor francés por parte de su compatriota Deleuze: esa Antártida que puede ser la real pero que de seguro es esa “otra” que palpita en la conocida, aunque el pálpito llegue desde otra dimensión, también poblada de agua, hielo, animales marinos, terrestres y voladores: “hay lagartos muriendo en la ventana/ miran a los suelos enharinados/ […] // hay lagartos soñando en la ventana/están dormidos cantan/” (pág. 21), así como en el Illiers francés y real el río y los bosques, el campanario y los vitrales de la catedral, remiten a ese otro que es el Combray proustiano.

 

Al igual que la Sinfonía nº 7 “Antártica”, del inglés Ralph Vaughan Williams (1872-1958), esta otra variante literaria también parece avanzar por entre témpanos y cauces helados sobrevolados por las gaviotas de picos inquietos cual buque por momentos fantasma y por otros rompehielos que entre enormes bloques blancos se detiene para contemplar, describir, integrar ese paisaje tan lleno de “silencio antártico eterno espesor/ lo sueñan nieves del día anterior/[…]/ hay silencio y marejada espectral/ algo se mueve adentro/ no habrá son ni cantor/ si no es cambio interior/ sin él no alcanza para ir y volver” (pág. 27).

 

Antárticos conforma una experiencia única y a la vez bienvenida en la poética de Ricardo Pallares; experiencia seguramente para el autor y sin lugar a dudas para el lector, quien entre versos y dibujos finamente concebidos por Raquel Barboza, se convierte en exclusivo tripulante de este libro-barco, si bien para emprender su más íntimo viaje a esas regiones del espíritu y los sentidos que a veces adquieren geografías aparentemente conocidas… o no tanto.

 

Pero no hay que temer porque el viajero, el tripulante, va aferrado a la palabra, a los versos, a las estrofas, porque “verso es aquel que aunque desnorteado/ suena en su vuelo va y salta viajero// si para prolongarse cambia el hielo/ el verso cambia sin oscurecer” (pág. 31).

 

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Carta opinión de Elbio Chitaro

 

15/12/2014

 

“Antárticos” me hizo revolver mi olla personal. Es decir, un darse cuenta de uno mismo. Dónde, hasta qué punto vale el riesgo en la poesía y el para qué. Siempre me he preguntado eso, pero lo tenía medio olvidado. ¿Por qué todo esto? Porque por momentos, ante ciertos versos, ciertos poemas, me he dado cuenta de un decir de riesgo, como esos doble de riesgo que usan en la industria cinematográfica para proteger la estrella. Bien, a mí me gusta eso, y siempre he estado dispuesto a ese oficio tan singular. Las estrellas no son para mí.

 

Me has sorprendido. No porque te había encasillado sino porque me ha resultado original la propuesta, valiosa, y por momentos sumamente comprometida con el lenguaje, con el decir de uno.

 

Felicitaciones, el trabajo, los textos son de lo mejor que he leído últimamente. Y mira que tengo paladar negro para estos asuntos. Felicitaciones.

 

Realmente me alegro. A pesar de que nos conocemos poco, poco y nada, te tengo un especial aprecio. Respeto diría.   

 

Te mando un caluroso abrazo. Tu antártica propuesta me ha abrazado. Y se sabe que los abrazos son para dar calor.

 

Elbio

 

pd. Buenísimo el trabajo de Raquel. Hay comunión.

 

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Ricardo Pallares, poesía, crítica y docencia

 

por Andrés Echevarría

 

Crítica y docencia.

 

Nacido en una familia donde se ejercitaba la lectura pero nada señalaba el rumbo que estimularía la época escolar y liceal, Ricardo Pallares complementó desde muy joven el necesario trabajo con las búsquedas reflexivas en los clásicos -Homero y Cervantes tuvieron siempre un lugar destacado en su biblioteca personal-, así como en autores uruguayos.

 

Por concurso de méritos y oposición, accedió a la docencia de Literatura en Enseñanza Secundaria en 1965 y unos años después Roberto Ibánez lo invitó a ser colaborador honorario de la Cátedra de Literatura Uruguaya en la Facultad de Humanidades junto a Jorge Arbeleche y Jorge Ruffinelli. Integró el cuadro docente y de investigación desde 1970 hasta 1973, cuando con el golpe de Estado fue destituido Ibáñez -Norah Giraldi y Eneida Sansone intentaron con muchas dificultades continuar con el proyecto-.

 

Roberto Ibáñez, crítico, docente y poeta al igual que Pallares, traía para ese entonces una impronta producto de su constante protagonismo en páginas de la literatura uruguaya durante todo el siglo XX. Con tan solo 20 años gestionó junto a Carlos Scaffo la proclamación de Juana de Ibarbourou como Juana de América, como Inspector de Literatura de Enseñanza Secundaria creó programas que estuvieron presente durante décadas en nuestra educación, participó de numerosos emprendimientos editoriales y fundó dirigiendo la Comisión de Investigaciones Literarias en 1945 para el estudio del archivo de José Enrique Rodó, el cual a su vez derivó en el Instituto de Investigaciones y Archivos Literarios que funciona actualmente en nuestra Biblioteca Nacional.

 

Un gestor cultural de tal dimensión, estimuló el trabajo de Ricardo Pallares que encontró en la Cátedra el contexto ideal para desarrollar su propia vocación como investigador y docente.

 

En Letras de proximidad (2011), compendio que reúne varios trabajos críticos de Pallares, éste describe a Ibáñez en su huella intelectual dejando entrever la admiración y el afecto, así como el profundo conocimiento del retratado:

 

“En su magisterio y búsqueda de la exactitud fue implacable con el error, la arbitrariedad, la injusticia, lo previsible y la ignorancia, aunque tenía fino humorismo, sencillez y ternura que demoraban en asomar o que lo hacían solo ante sus allegados.

 

A veces impresionaba ser un tímido que se refugiaba en una aparente soberbia protectora que -por momentos- no dejaba ver bien su erudición, sabiduría y capacidad argumentativa excepcionales. Por cierto que una vez que desplegaba esas aptitudes amedrentaba a muchos. Fue un airado combatiente de las arbitrariedades de la hegemonía bipartidista en la gestión directriz de la educación pública no universitaria y un defensor de la profesionalidad docente.

 

En suma, la suya fue una personalidad con una gestión cultural y artística insoslayable en el proceso de la literatura uruguaya a partir del medio s. XX, en la construcción del conocimiento académico y en el afianzamiento de la enseñanza media y universitaria en Uruguay.”

 

Estos intensos años, con la presencia y respaldo de Ibáñez, le permitieron a Pallares profundizar en autores nacionales mientras mantenía una amistad con referentes de nuestras letras como Paco Espínola, Guido Castillo y Vicente Salaverry, sosteniendo también un fluido contacto con Carlos Real de Azúa, Ángel Rama, Carlos Sabat Ercasty y Spencer Díaz. Se instala así en la confluencia de varias generaciones que establecieron cánones identificables para nuestra cultura, y es el trato con estos protagonistas el que le permite el análisis con el conocimiento directo de muchos de los temas que abordará.

 

Bastaría solo el ejemplo de algunos de los nombres mencionados, para entender la dimensión del daño causado el fatídico 27 de junio de 1973 cuando luego de progresivos conflictos internos que involucraron también al ambiente intelectual -es de recordar que el Ateneo de Montevideo se había convertido en un reducto conservador- se proscribieron tantos proyectos irrecuperables para nuestro país. Roberto Ibáñez fue destituido -como se mencionó- y falleció en 1978, Paco Espínola murió el 26 de junio de 1973, Carlos Real de Azúa el 16 de julio de 1977 y Ángel Rama el 27 de noviembre de 1983. Todos antes de que se recuperara la democracia mientras Uruguay resultaba herido indefectiblemente por estos silencios y por los numerosos exilios que ensombrecieron la década. Ricardo Pallares, como tantos, sufrió el hostigamiento de los que permanecieron en el país y fue investigado por el gobierno de facto durante estos años. La contención familiar -una esposa con quien compartía la vocación didáctica y sus hijas- de alguna manera atenuará el contexto hostil, así como también le ayudará su concentración en los estudios que volcará en la docencia y en la publicación de ensayos, los primeros atendiendo la vida y obra de Felisberto Hernández.

 

Ricardo Pallares había conocido a Felisberto Hernández (Montevideo, 1902 - 1964) en un ciclo de lecturas en el Ateneo, y un año después lo había reencontrado en una de las tertulias organizadas en la casa de Reina Reyes, esposa del autor de El cocodrilo. De las lecturas en el Ateneo, a Pallares le había impresionado particularmente una instancia a fines de la década del 50 en la cual Felisberto comenzó a leer el cuento El balcón en una sala en semi penumbra de la planta baja, con sillas torneadas de rústicas esterillas. Por la mitad del cuento, Felisberto, haciéndose cargo de la percepción de cierta incomodidad del público -tal cual lo cuenta Pallares- dejó la lectura e hizo un relato oral, apócrifo y autónomo pero lleno de interés. Con esto el autor logró recuperar la atención de los espectadores, para luego continuar en la lectura del cuento, demostrando así unas condiciones extraordinarias como narrador oral. En Ricardo Pallares esta experiencia despertó una gran curiosidad por saber cómo funcionaba aquel mecanismo para la narración. Reina Reyes, además de esposa de Felisberto, era secretaria en el Ateneo y le había gestionado un lugar en el ciclo de lecturas.

 

La relación con Reina Reyes fue muy determinante para Pallares en materia pedagógica. La educadora -una de las teóricas más importantes que ha tenido nuestro país- visitó cada viernes a Ricardo durante muchos años, cenando juntos y conversando hasta la madrugada sobre asuntos concernientes a sus vocaciones. Pallares en ese entonces era un docente recién ingresado y efectivo por concurso, orgulloso de conceptos aprendidos, hasta que se encontró con una posición que lo sorprendió de Reina Reyes: ella le manifestó firmemente que la educación no era la que enseñaba, que la que realmente enseñaba era la vida. Esto generó un debate entre ambos que se prolongó durante mucho tiempo, hasta que el joven debatiente, más que por razonamiento, por comprensión -según él mismo manifiesta- entendió que ella tenía razón: la que enseña es la vida en síntesis de maduración afectiva e intelectual, propiciada o no por la educación.

 

Este episodio es por demás significativo en cuanto a la pericia de la pedagoga para exponer conceptos removedores, la receptividad del joven dispuesto a modificar su pensamiento con libertad, y al significado de un diálogo enriquecedor en medio de dialécticas generacionales de aquél entonces. El ejercicio de estudio que le exigía preparar aquellos debates de los viernes con la visita, donde Reyes le citaba autores y conceptos de gran y profunda riqueza, resultó fundamental en el crecimiento del novel docente. Cuando desarrolló su labor en educación secundaria, ya disponía gracias a estas experiencias -donde contaban sus búsquedas personales en lecturas y otros contactos con personalidades influyentes de la enseñanza-, de un repertorio particularmente rico: en él la educación concitaba una atención y preocupación particular que derivaría en el referente recordado por todos quienes asistieron a sus cursos. Entre otros reconocimientos a su impronta erudita en la materia, en 1972 fue convocado por el Consejo Interino de Educación Secundaria a asumir como director del liceo 8 luego del asesinato del joven estudiante Santiago Rodríguez Muela -caso muy sonado en aquellos conflictivos años-. Pallares resultó entonces el director más joven que había tenido Secundaria hasta ese momento, depositándose en él la confianza por sus condiciones y preparación para tal difícil instancia.

  

La publicación de los trabajos referentes a Felisberto, Felisberto Hernández y las lámparas que nadie encendió (1980) y ¿Otro Felisberto? (1983, 2ª ed. 1994) en colaboración con Reina Reyes exhibieron al escritor con estilo propio y profundidad. Hace unos años quien esto escribe colaboró en el traslado de los archivos de José Pedro Díaz y Amanda Berenguer a la Biblioteca Nacional poco tiempo después de que fallecieran, y allí pudo comprobar -viendo las notas y subrayados- cómo José Pedro Díaz estudió los ensayos de Pallares para sus propias publicaciones sobre Felisberto.

 

Varios trabajos sobre pedagogía lo ocuparán durante las décadas de los 80 y 90, intercalados con análisis literarios (Tres mundos en la lírica uruguaya actual, 1992 y Narradores y poetas contemporáneos, 2000). Tendrá también a su cargo la dirección de la revista Conversación, revista pedagógica que sacó veinte números, marcando una presencia importante en su momento y aportando al debate sobre las reformas en la educación.

 

La obra crítica y ensayística de Ricardo Pallares abarca un número importante de escritores nacionales sobre los que ha escrito analizando sus obras: Selva Casal, Amanda Berenguer, Marosa di Giorgio, Jorge Arbeleche, Washington Benavides, Álvaro Ojeda, Leonardo Garet, Tatiana Oroño, Nancy Bacelo, Álvaro Figueredo y Circe Maia, por mencionar algunos. Durante algún tiempo fue columnista cultural en el semanario Jaque. La capacidad analítica es puesta al servicio de una disección con la cual Pallares exhibe un estilo reconocible: el mismo que ha ofrecido en numerosas conferencias a través de los años.

 

Su carrera en la enseñanza de la literatura lo tuvo como Director e Inspector efectivo de Institutos y Liceos, luego Inspector efectivo de Literatura, docente en Formación Docente, en el Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras, en la Universidad Católica, y se hizo cargo del curso de Didáctica Especial de la Literatura en el Instituto de Profesores Artigas, además de coordinar y asesorar en diversos emprendimientos privados. Fue integrante de Consejos de Orientación Educativa en establecimientos donde actuó, miembro de numerosos tribunales de concurso para la provisión de cargos de docencia, dirección, servicios especiales e inspección, y presidente de la Sala de Inspectores de Educación Secundaria en dos períodos. Coordinó y asesoró en el Área de Lengua y Literatura en el Instituto Crandon de Montevideo y fue directivo de la Casa de los Escritores del Uruguay.

 

En 1999 Ricardo Pallares ingresó a la Academia Nacional de Letras. En el discurso de ingreso, expresó su visión sobre la convivencia con la literatura y el destino de esta entre los hombres:

 

“A través de la literatura se aprende rápidamente que el concepto de hombre tiene mucho de metáfora de su realidad y que esa realidad se espeja en la conciencia mediante el lenguaje. Si el lenguaje es vehículo figural, simbólico al menos, enseguida se plantea el asunto de la validez de lo espejado con relación a lo que espeja, que es de lo que verdaderamente se trata. También se plantea el asunto de qué hay o qué se instala en la brecha entre lo real y lo reflejado.

 

Creemos que la literatura nos responde a través de la creación de universos imaginarios, de lenguaje, que en esa brecha se instala un deber ser moral, una ética de la acción y valores, sean cuales fueren los de referencia a condición de ser humanizadores. Y a veces nos responde inventando historias y creando imágenes que suponen la ausencia de tales requerimientos, o que muestran cuestiones horribles porque horrible es, a veces, el espectáculo que brindamos los hombres en la sociedad humana.”

 

Y un par de líneas después:

 

“La literatura es una constructora de la vida, no un mero paliativo compensatorio de las supuestas ofensas que la vida hace a los hombres. Por otra parte, la vida no es equivalente a la realidad sino más bien o también a lo que los sujetos hacemos en ella y con ella.

 

Es por esto que, en nuestra opinión, los conceptos literatura y enseñanza se asimilan por varios de sus rasgos, en general, a los conceptos de futuro, a lo mejor, a todo aquello por alcanzar y conseguir, al tejido de los valores y visiones.”

 

Ricardo Pallares encontró en la Academia Nacional de Letras -o la Academia encontró en él- un diálogo desde donde defender y crear los mejores destinos del lenguaje. Algunas publicaciones académicas contaron con su entusiasta dedicación.

  


La poesía

 

Washington Benavides escribió a propósito de la publicación del poemario El lugar del vuelo de Ricardo Pallares:

 

“Pallares era mesurado en su decir y ceremonioso en su gesticulación. Parecía mayor de lo que era. Por esos años de los Sesentas las cosas sucedían vertiginosamente. Conferencias, recitales, exposiciones, siempre con el centro cultural del liceo. Estévez, Alamón, Paolino, quien esto dice, y Ricardo Pallares. Recordamos haberle leído sólo una prosa sobre el mar. Era muy cuidadoso de mostrar sus escritos. Sólo una vez rompió ese secreto publicando en el diario Época (en 1966) unos poemas presentados por Saúl Ibargoyen.

 

Vuelto a Montevideo, sus trabajos con el inolvidable Roberto Ibáñez; sus estudios sobre Felisberto, su libro trinitario de poetas uruguayos (Marosa, Arbeleche, Benavides); su libro sobre poetas y narradores contemporáneos, del 2000, estaban levantando el velo de sus profundas preocupaciones. Fácil es ahora recordar el pensamiento de T. S. Eliot sobre quienes deben analizar poesía: los practicantes. Y Pallares, tan sutil para calar la poesía, era un oficiante casi secreto del verso.”

 

Esa presencia de la poesía en Pallares estaba quizás disimulada para algunos por las múltiples actividades vinculadas a la docencia a las que se dedicó durante varias décadas sin que publicara un poemario completo. Pero la aparición de El lugar del vuelo (2002), corre la cortina y muestra al poeta en su intensa relación con el verso. Los profundos estudios habían contribuido a una insobornable autocrítica y parecía que solo la realidad perforaba la coraza del riguroso ensayista para dejar asomar ahora al poeta:

 

Tarde de sábado

 

“Como plomo en el alma

Transcurre hacia la nada

                                         una tarde

                                         esta tarde

                                         toda tarde cualquiera

en la que camino bajo la lluvia

del sur del mundo

agujereado

entre trozos y lozas

documentos y fragmentos

huesos planos y tres letras A

que en la boca amarga

                                       se disuelven

como pómez

                     Hay silencio enamorado

                                                            de tu ausencia”

 

Las inevitables instancias de la vida se reflejan en las páginas del poeta. Cuando las circunstancias no encuentran un discurso lógico, el poema en su esencia de ir más allá de lo que las palabras permiten, dice de la mejor manera. Y una vez más la literatura auxilia y lleva a un lugar mejor. Es El lugar del vuelo que nos aleja del barro terrestre; o nos permite ver este paisaje terrenal como un mapa para comprenderlo desde la libertad del cosmos.

 

La poesía siempre estuvo junto a Pallares, pero desde la publicación de El lugar del vuelo queda armada definitivamente la connivencia de todas las coordenadas del estudioso y escritor. Un premio del Ministerio de Educación y Cultura en el rubro inédito un año antes había respaldado la presentación del libro.

 

Con precavidos pasos, en el 2003 publicará Razón de olvido, en 2007 Ceniza del mar y en el 2010 Amante geología. “Versos límpidos y profundos recorren este poemario” -escribe Selva Casal a propósito de este último título-. “Nos acercan un mundo hirsuto regido por un orden interno: el de la piedra que proclama su eternidad. Poesía que se aventura, se arriesga desde una íntima relación con huesos y memorias ya extinguidas que ‘sueñan no morir un día’”.

 

Amante geología contiene estrofas de estructuras más cargadas en simbolismos y tratamientos del lenguaje. Como las rocas anunciadas en el título, no se negocia la naturaleza trascendental de la poesía:

  

Duras de roer

 

“ya soñaremos lo que no se nombra

moriría en el hueco de las manos

mientras las cuerdas anuncian el canto

 

nada quedará en lo que perdura

lo sabremos un día sin querer

lo sabremos cuando no hagamos sombra

 

ya soñaremos lo que no se nombra

muriendo así en el hueco de las manos

cuando las cuerdas anuncien el canto”

 

Los versos endecasílabos asaltan varias regiones del libro y conviven con la intención del poemario. Todo el ejercicio poético se convierte en una reverencia formal pero interior hacia la profunda y rebelde naturaleza de nuestra metafísica.

 

Gerardo Ciancio escribe usando los mismos versos del autor:

 

“En Amante geología, Pallares ausculta la piedra con esa ‘gustosa calma de la creación’, así es que surge este ‘libro para entresueños sin hilar’, en el que reconoce que ‘adentro de ellas [las piedras] anida el ser insurrecto del mundo’, es decir ‘un secreto que es siempre interior’”.

 

En silencio

 

“adentro de ellas la sombra sin pie

anida al ser insurrecto del mundo

fecundas y evidentes como copas

se atan a la vida y anudan al sol

no quieren más gramática en la voz

ni en los silencios de un vientre de fruta

 

adentro de ellas la sombra sin pie

anida al ser insurrecto del mundo

fecundas y evidentes como copas

no quieren más gramática en la voz

ni amarguras latiendo en borrador”

  

Las cesuras muchas veces se abren como diques por la corriente murmurante de la voz del poeta y los versos se encabalgan en un estado de mantra y musical, sumando selectos vocablos: “inmóviles hacen su viaje quieto / temporales duras siempre pesadas / colman la voz las terrazas astrales / van con álulas y con sinsabores azules / abren las manos en adiós sin flor”. O en otra parte: “todo pasa por la forma y en su ser / que tiene rumor con alma de afuera / desde ya se sigue su adentro sólido / entre vivir en el borde y la piel”.

 

El último poemario publicado hasta el momento por Ricardo Pallares es Las cajas del instrumento (2013). Otra vez predomina la presencia clásica del verso endecasílabo, y otra vez con la poesía el puente para llegar más allá de lo que las palabras permiten, como debe ser. Tatiana Oroño sostuvo en la presentación de este libro en Fundación Unión: “Los términos luz, llama, jardín, flor, aire, vuelo, piedra, mar, abismo -y podría seguir- no comparecen en tanto referentes naturales, solo, sino que resultan invariablemente, además, entidades simbólicas que el hablante cifra en código místico y/o metafísico”. Otra vez la afinación que consigue el estudioso, el docente, el pedagogo que ha indagado por todos los rincones de la literatura, para que desde esas “cajas” surja la sensibilidad del que ha visto, y sobre todo vivido.

 

¿Quién puede decir más sobre la metafísica de la vida que el poeta? Y en el caso de Ricardo Pallares, el poeta que conoce todas las afinaciones del instrumento que toma en sus manos.

 

El último poema de Las cajas del instrumento, exuda vida y cuenta sobre un instante que trasciende. Esperanza, desesperanza, esperanza. Confesión sensible, poesía:

  

amor al semejante

 

“fue a la salida del tren / impecables

las veredas grises y los bordillos

vaya sorpresa afuera de los túneles

era adolescente y clara muchacha

sobre aquellas limpias veredas grises

 

estaba tibia cuando apoyó el cartel

donde ella proponía sus abrazos

estaba tibia e intensa en la intención

 

sobre aquellas limpias veredas grises

se vio desnuda mañana de abril

veredas y bordillos mármol gris

-hay vida adentro y afuera de los túneles-

La muchacha de los tibios abrazos

presiente la conjura del vacío

 

era una adolescente y era muchacha

con un claro rincón en luz de alivio

y sorprendido abrazo hasta el final

 

Las áreas abarcadas en la trayectoria de Ricardo Pallares se comunican con una impronta identificable y lúcida. El poeta ha recogido la experiencia de sus trabajos críticos y el ensayista ha reflexionado de manera constante desde su vocación docente. La abstracción construida entre estos campos deriva en una comunicación literaria que nos enfrenta a uno de los conferencistas más notorios de las letras uruguayas, y a un sobresaliente poeta dispuesto siempre a defender la dignidad de la palabra


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“Amante Geología”

                                                                                     

Poesía misteriosa la de la piedra, nos abisma. Extraña eternidad. La piedra siente y desde el vacío afirma, declara su certeza de ser más allá de sí misma.

 

Respiramos y el mundo acontece. No es esta una poesía fácil. Ninguna poesía auténtica lo es. Acá la piedra late, llora y desde su aparente inmovilidad perdura, es capaz de penetrar desde su silencio en lo más íntimo del alma porque “inmóviles hacen su viaje quieto”. Nosotros, en cambio, creemos que somos movimiento y vida – pero algo estático en nuestra sangre gime, la imposibilidad de volar, la certidumbre de una referencia al abismo. Apenas nos asomamos al abismo pero no nos despeñamos en él, no nos fundimos en la sombra como debíamos hacerlo. Por eso llegamos tarde al amor. Vislumbramos el amor pero nos alejamos de él. Llegamos tarde a su vértigo.

 

Hay en todo el poemario algo así como un acertijo, un enigma interno, intenso. Nos dejamos abrazar por él pero no penetramos en su ser profundo quizá porque de hacerlo romperíamos su extraño andamiaje, la columna vertebral de su sentir lírico. En todo momento se ve la mano sensible que crea esta Amante Geología. Vemos como los poemas nacen de lo más íntimo, fluyen con poderosa belleza y personal hondura, ya que la poesía que carece de hondura e intensidad, naufraga.

 

Acá el poema no se entrega totalmente; sí nos muestra su simetría, el enigma que encierra la piedra de la que mana sangre y luz oculta, luz que no cesa. Mas nunca veremos la verdad de su rostro quizá porque nosotros mismos somos parte del acertijo, su condición ineludible, y así abrazamos su destino, caemos en el goce abismal.

 

Nos dice: “llegamos tarde no fuimos previsores”, “quedamos al borde de la vida”, “tarde llegó la amante geología”. Ricardo Pallares en esa “naturaleza oculta”, desde un no lugar nos da la soledad, lo súbito, lo dramático de su ser poético donde “cada sombra es una alegría antigua”, allí lo oscuro siente y enamora.    

 

Este es un libro de madurez sin perder por esto la frescura, eso de sorpresa que nos da la voz inédita, esa que penetra en todo sin que nos demos cuenta, como el agua.

 

Si “a veces hay garúa en los museos” es porque la piedra todo lo sabe y guarda sus secretos, sobrevive. La roca sueña y el pájaro al decir del poeta canta porque ese es su destino. Y la piedra lo sabe.

 

Versos límpidos y profundos recorren este poemario. Nos acercan un mundo hirsuto regido por un orden interno: el de la piedra que proclama su eternidad. Poesía que se aventura, se arriesga desde una íntima relación con huesos y memorias ya extinguidas que “sueñan no morir un día”.

 

Desacato poético que regala a los hombres la esperanza.


                                                                                                                                                                    Selva Casal

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Las cajas del instrumento, de Ricardo Pallares

         

“Buscaba encuentro y era mera caída”; el temor y la maravilla de caer siempre es velocidad, vértigo y la posibilidad de entrar a varios planos a la vez. El vértigo seduce y nos arrastra a ser y vivir lo desconocido.

 

Este poemario de Ricardo Pallares nos acerca a una realidad profunda, indefinible. Las palabras, pequeños dioses, se integran y combinan para crear un mundo insólito, personal, entrañable: “tanto desasosiego de la carne / habla y se manifiesta”.

 

Abordamos el signo con todo lo que él tiene de atracción. Un enigma creado desde el corazón en donde el dolor se vuelve esperanza. La esperanza es alivio del dolor “del misterio y silencio de las cajas.”

 

Nos preguntamos quién sustenta la nada, vigila los secretos. La nada es poderosa. Las primeras alondras brillan en el aire para caer siempre. La caída nos lleva a una resurrección continua ya que la sapiencia del abismo es insondable.

 

No sabemos qué es la poesía. Para conocer algo, si es que algo se conoce, debemos entrar en él, es decir, consustanciarnos con la cosa en sí, ser ella misma. Pero esto pocas veces es posible. Estas cajas del instrumento nos invitan a penetrarlo desde su caída misteriosa, desde esas cajas que se abren en busca de la luz y solo encuentran caída. Es la caída del ser que abandona su paraíso para hundirse en otra realidad donde el amor reclama y destruye.

 

A través del ensueño todo es posible y así el autor nos va llevando de su mano hacia una realidad más profunda en donde se habla de otra, en la cual el mundo se asoma y el mar, a través de los ojos de una niña, se apodera de todo. Así el enigma se presiente pero nunca se descubre.

 

Es imposible descubrir el enigma porque estas cajas son la vida misma que para ser necesita el secreto, tal como la gestación que también lo necesita.

 

Las palabras, pequeños dioses, cual ladrillos, van construyendo esa casa misteriosa y ese estar y no estar al mismo tiempo.

 

Es una realidad distinta la que nos da el poeta, un universo que como un niño gime desde el vacío de la nada que guarda a vivos y a muertos.

 

Luego una experiencia vital recorre la calle Alzáibar y el personaje ya es uno con el paisaje. Esta transformación constante aparece en todo el clima de Las cajas del instrumento. Esta poesía afirma que “todo suceso es infinito”: valor de enigma, valor de estar más allá de las palabras.

  

Autor y lector vibran al unísono. Insensiblemente las cajas van adentrándose en nuestro ser. Tal parece que siempre hubieran existido. Es que vienen de lo más recóndito y como tales saben de la profunda afinidad de las cosas. “Hoy me duelen tus ojos niña y el mar”: afinidad del ser y el mar. Encuentro de la belleza y la vida. Perenne sonido del amor y del mar. Poesía hecha de ecos, de resonancias que no cesan. De ahí la angustia que flota en el alma y que se encarna en otro texto en la angustia de domingo, apoderándose intensamente de nuestra alma porque la angustia también sostiene la vida haciendo que alegría y tristeza se equilibren.

 

La realidad a que apela el poeta es indescifrable, por eso esta poesía desde su original acento nos vincula a todas las cosas, a la luz, a la sombra, nos envuelve en su vocación de eternidad.

 

Así el mundo aprehendido es transfigurado. Hablamos muchas veces de misterio sin poder concretar ese concepto. El misterio empuja y hace visible lo imposible, pero es precisamente de esa imposibilidad que nace lo insólito, lo no creado. Cada poeta tiene su hábitat propio, a veces desgarrante, a veces puro y etéreo como una ciudad deshabitada. Y no es por nuestra voluntad que entramos en esos confines, porque la poesía no solo se escribe para ser leída, más bien responde a una necesidad cósmica que se balancea cual el día en el aire cuando la noche nos envuelve.

 

La caída nos lleva a la resurrección ya que la sapiencia del abismo es insondable.

                                                                                                                                                                                                                                                          

Selva Casal

5 de enero, 2013



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HABRÁ DE VERSE

  

Un pálido profesor joven entró una mañana en el liceo de Tacuarembó. Venía de una experiencia durísima del liceo de Rivera con su legendaria e indómita directora. Con un grupo de profesores de letras y de plástica, rápidamente conformamos un bando de pájaros.

 

Pallares era mesurado en su decir y ceremonioso en su gesticulación. Parecía mayor de lo que era. Por esos años de los Sesentas las cosas sucedían vertiginosamente. Conferencias, recitales, exposiciones, siempre con el centro cultural del liceo. Estévez, Alamón, Paolino, quien esto dice, y Ricardo Pallares. Recordamos haberle leído sólo una prosa sobre el mar. Era muy cuidadoso de mostrar sus escritos. Sólo una vez rompió ese secreto publicando en el diario Época (en 1966) unos poemas presentados por Saúl Ibargoyen.

 

Vuelto a Montevideo, sus trabajos con el inolvidable Roberto Ibáñez; sus estudios sobre Felisberto, su libro trinitario de poetas uruguayos (Marosa, Arbeleche, Benavides); su libro sobre poetas y narradores contemporáneos, del 2000, estaban levantando el velo de sus profundas preocupaciones. Fácil es ahora recordar el pensamiento de T. S. Eliot sobre quienes deben analizar poesía: los practicantes. Y Pallares, tan sutil para calar la poesía, era un oficiante casi secreto del verso.

 

Ahora que hemos leído y releído El lugar del vuelo* su libro de poemas, dos líneas poéticas que mucho queremos de la lírica uruguaya, nos salen al paso y saludan a su cofrade: Pedro Piccatto, el "ángel amargo", con su mundo de jardines y pesadumbres, y el ala rota de su joroba, y Carlos Flores Mora, el poeta de Poemas del Tiempo y de Lise (1952), creador casi fantasmal de una línea de lirismo delicado y casi desterrado de nuestro Parnaso. Estos poetas son hermanos espirituales de Pallares.

 

El libro de Ricardo me ha parecido un vademécum. Un intento casi siempre logrado de aquello que tanto preocupaba a Pound. "El digten: condesare". La concentración en breves versos de una parvada de años, el resumir, en poemas, delicadas viñetas de la infancia, las figuras familiares que siguen acompañándonos en la vigilia y en el sueño; los viajes a los lugares claves, de nuestra historia y de nuestro logos. Pero no para traer como un turista al uso, el fragmento de mármol o terracota, sino para guardar en la magia de la palabra a Toledo o el mundo helénico; las playas del Este, con su mar de violeta. Porque es en la palabra donde todo el esfuerzo de Pallares se ha concentrado.

 

Sabe como Amanda Berenguer que "el vocablo es el viaje", pero también comprende que esos mundos que se nos superponen con jardincillos, escolleras, pinos marítimos, campos del norte, son otros mundos pero Eluard lo dijo: "están en éste".

 

Sus amores lo acompañan, la figura señera de quien fue su compaña fiel, levemente aparece, nos roza con sus gracias y su espíritu alto. Toda su pequeña familia como los jardines de Piccatto, le harían decir: "Hoy podría escuchar la canción de las hadas". Eso, tal vez, le harían decir, pero Pallares anda en otra, y lo documenta en ese terrible poema "Anquises en las galaxias", donde con el lenguaje recientísimo de las computadoras entrevé el mundo antiguo: "vuelto atrás en el tiempo/ por máquina/ que sigue haciendo guerra/ Anquises niño."

 

Pero también se escribe en uruguayo como Cunha, como Falco, en poemas como ese "Cosas del oficio" donde el poeta se atreve a definirse que sigue marchando por cosas del oficio, aunque reconozca ese "casi sin porqué". Un casi sin porqué que sus amigos conocemos y sabemos. Aunque tengamos que reconocer la verdad de aquella cancioncilla juvenil de García Lorca que finalizaba así: "entendí, pero no explico".

 

Creo que hay sectores del libro de Pallares que contestarían de igual manera. La poesía no se hizo para entenderla. No la confundan con una proclama o un discurso (válidos ambos).

 

Los versos (algunos versos) te tomarán por asalto un día. Cuando estés descuidado y el corazón necesite más oxígeno. Y entonces sí. Entenderás, aunque no te lo expliques.

                                      

                                                                                                                                   Para Ricardo, de Bocha Benavídes

                                                                                                                                                           2002. Montevideo



* Ediciones del Caballo Perdido. Montevideo, 2002. (2do. premio de poesía inédita del M.E.C. correspondiente a 2001.)


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Ricardo Pallares: un mester de cantería


I

 

El mapa poético que ha trazado Ricardo Pallares a la interna de su propia escritura creativa en esta primera década del siglo, se dibuja en ese dilatado fondo de la actual poesía uruguaya con una nitidez y precisión que, por momentos, asombra. Su primer libro, El lugar del vuelo (2002), fue una suerte de obra inaugural, un abrir el grifo iniciático de la edición poética, de la puesta en público de un poemario exigente, abierto y decantado en la experiencia lectora y vital. Razón de olvido (2004), su segundo libro, fue una insistencia y búsqueda en la verbocreación, un continuar el camino de exploración interior y, especialmente, de indagación a la interna del lenguaje y de sus posibilidades. La poesía se actualiza en la hermosa alegoría: “Galeón / sin objeto sin sombra / en la navegación de la página / busca un sitio” (RO 68). Con la publicación de su tercer trabajo, Ceniza del mar (2007), el poeta confirma su sentido, su lugar en el campo literario uruguayo e instala una voz acabada en él.

 

Pero con Amante geología (2010), libro levemente pétreo, Pallares se precipita, en tanto firma autoral, en la mejor poesía visionaria, crípticamente transparente, que se ha escrito en Uruguay en el último medio siglo.

 

La trayectoria poética de Pallares no es una mera “evolución” o “ascendencia hacia”; su bagaje cultural y vital, su modo de comprender el mundo y la poesía (y la propia vida, en tanto ser y estar en el mundo) han devenido en la consolidación de un rezagado de los `60 (nunca un sesentista anacrónico) que se descuelga con una discursividad muy plenificada, muy burilada, cada vez más trabajada en tanto conciencia de que la palabra es en función estética cuando se selecciona y combina en la cadena del poema.

 

Si revisamos el corpus textual de Pallares encontramos que ya en Ceniza del mar, hay un gesto minimalizador del lenguaje poético, un decir lo “suficiente”, un cuidado trabajo con el “ritmo de ideas”, pero especialmente con el diseño versal, la distribución acentual, la selección léxica, las recurrencias y lugares isotópicos, el manejo rítmico del negro sobre el blanco, el remate del texto, remate que muchas veces no lo clausura, sino por el contrario, lo deriva en una apertura que genera nuevas hipótesis de interpretación en cada instancia receptiva distinta.

  


II

 

Si bien es en este libro recientemente publicado en el que Ricardo Pallares interviene el tópico de la “piedra” (signo polisémico como pocos) de forma tal que recorre prácticamente toda la escritura del poemario, ya sea denotativa o connotativamente, un recorrido por los tres volúmenes anteriores, nos faculta para afirmar que lo pétreo, la piedra en tanto materia que adquiere diversas formas y texturas, y en cuanto motivo que se inunda de sentidos diversos, se configura como una constante textual, como una invariante tematizada desde diversos lugares, casi como una metáfora obsedante, de acuerdo a ciertas tendencias de la psicocrítica.

 

Por ejemplo, en El lugar del vuelo leemos: “Para qué preguntábamos / para qué /qué marca buscábamos qué piedra / qué seña”; y el poema “Auto de fe” dedicado a Marosa di Giorgio, perteneciente al mismo libro, termina con el contundente verso: “Adentro es todo de piedra.” En el poema “Punta del Diablo”, que tiene un acápite de Jorge Arbeleche, el hablante lírico ve cruzar una gaviota y enuncia: “Fue muy breve / sobre rocas inermes / milenarias varadas de silencio”. En tanto que en el poema titulado “Evidencias” y dedicado a Gladys Castelvecchi, apreciamos estos versos aliterados: “pendientes pedregales por verter en el vientre / del aire”, en “Visión de amor” el locutor ve a la amada “casi piedra / casi Dios / calcinado”. Asimismo, Razón de olvido contiene varios ejemplos en los que la escritura de Pallares recupera la tópica geológica: en el poema “Dolor de manos”, asistimos al golpeteo del ritornello o estribillo: “Dónde quedó / el amor alfarero?”; en “Dura luz de amor”, se lee “y abrasa / luz azul / en piedra y atanor”; en el poema “Imagen mapuche”, escrito en Valparaíso como homenaje a Pablo Neruda, se define con contundencia que el “lugar de la vida es la piedra”.

 

Siguiendo este itinerario, hallamos en Ceniza del mar un poema titulado “Mirando el fondo”, en el que se perfila un eje de significación con los polos luz/ sombra que vertebra el discurso lírico. Allí leemos: “aquí cerca hay guijarros y brillo / por un canto que ha rodado”, y más abajo “una piedra que sabe”. El poema “Regreso” comienza de esta forma: “vuelve a la piedra / y a la risa”.

  

III

 

En Amante geología, Pallares ausculta la piedra con esa “gustosa calma de la creación”, así es que surge este “libro para entresueños sin hilar”, en el que reconoce que “adentro de ellas [las piedras] anida el ser insurrecto del mundo”, es decir “un secreto que es siempre interior”. Las piedras son los “signos para el gran hueco de este lado”, para interpretar el secreto, el “ensueño de la sombra que encierra y niega lo que no se nombra”. Por ello es este un libro oracular, sapiencial, de energía espiritual (“el alma nos va de pedrerías / con el duro efecto de todo origen”), un recorrido hacia una suerte de karma ancestral, un libro uterino, un libro del buen amor, de la soledad, del origen y del fin en soledad, que da cuenta de la vocación humana para estar de a dos (amor), para propiciar ese “uno que quiere ser dos”; un libro que brinda la naturaleza oculta del ser  (de su presencia) y de las cosas sin desocultarlos, un libro que recupera la condición primigenia de los elementos; y consiste asimismo en un emplazamiento al lenguaje de la poesía desde la poesía, un libro homenaje a la poesía (Marosa, Selva, Arbeleche, Ojeda, etc.), un libro del ver y del mirar, de la contemplación como un dispositivo hermenéutico, un libro que se hunde en una cierta gestualidad alquímica, un libro en clave de un silencio lleno de ruidos, un libro religioso (que religa al enunciante lírico y al lector con la naturaleza dibujada en su dimensión divina), un texto que textualiza la escritura desde el hecho físico: “la tinta”. Por último, un libro que recupera la sagrada unidad del todo / “la abandonada unidad”, un libro sobre el trance en este mundo y el trance de la creación (cordura y locura).

  

                                                                                                                                            Gerardo Ciancio

                                                                                                                              Investigador Asociado de la A. N. de L.

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RAZÓN DE OLVIDO

 

Por Leonardo Garet

 

Si Ricardo Pallares ha sabido decir tanto en sus comentarios crítico-literarios y pedagógicos, es porque ha sabido mirar, es decir re-mirar. Para entender -y sobre todo poesía- más que de leer se trata de re-leer. Y quien en su reconocida trayectoria le ha dado importancia decisiva a la palabra, cuando se define y asume como poeta lo hace elevando la bandera de amor a la palabra. Así se presenta en El lugar del vuelo (Montevideo, Ed. El caballo perdido, 2002) que es como bien despejó Jorge Arbeleche al título, un “vuelo literario” y también, “acción última de ese vuelo con la escritura”. También Pallares se siente comprendido por un contundente juicio de Amanda Berenguer: “El vocablo es el viaje”.

 

A la hora de posicionarnos ante la creación pueden estar cercanos y más determinantes autores que tienen parentescos sutiles y no ostentosamente visibles. Y tampoco nos aportan más aquellos que consideramos más importantes. La cercanía de voz, que construye nuestra familia literaria, se constituye de múltiples e imponderables tonos.

 

Pallares leyó copiosamente a los autores que están fuera del tiempo, tanto como a sus contemporáneos y leyó, generosamente, a los autores de su propio país. Inconducente, por tanto, buscarle parentescos ocultos, cuando él mismo los declara en acápites y dedicatorias. Se siente, y esto es bien visible, genuinamente integrado a la poesía uruguaya y sabe que en ella debe orientarse su aporte de significación.

 

Ricardo Pallares en El lugar del vuelo, en forma de clarín, y ahora en Razón de olvido (Montevideo, Ed. La Gotera, 2004) de manera confirmatoria, se instala en la creencia firme de que el único lugar del poeta es el poema. Se aleja de todo sentido utilitario o proselitista, pero no se afilia a la poesía pura. Es la suya poesía conceptual, pero no filosófica. No pierde de vista que el poema, como quería Antonio Machado, tiene que ser cuento pero también canto. Sus poemas se pueden leer en voz alta -cuestión no menor en la poesía de hoy-, alcanzando la musicalidad que les es intrínseca.

 

Es la de Pallares poesía que no ha cesado, en su corto trayecto, de plantearse a sí misma como forma de conocimiento. Creo que Pallares se busca en el poema y se mira al espejo cuando lee o corrige. Entiende sus repliegues íntimos cuando hace sutilísimos cambios de palabras, cuando rescata antiguas palabras del español, o cuando exhibe naturalmente un neologismo.

 

Y el lector asiste en Razón de olvido, en líneas generales, como a un confesionario. El poeta susurra lo más hondo de sí. Maurice Blanchot expresa que el poema es un balbuceo que nos pone en las puertas del vacío esencial donde se gesta el poema. Más que sugerente e incontrastable lo que afirma el autor de El espacio literario. El lector tiene derecho a exigir al poema que lo mueva, trastorne, ilumine. Y cuando un poema puede dar satisfacción a esa exigencia, habla de su autor pero también de la especie, como sucede en

 

                         Sin casa ni pan:

                                                                                                                                                                                                     

                                                                         Desde una mitad amarilla

                                                                         sueña la hoja la unidad

                                                                         de su verde corazón.

Qué larga marcha

                            cuánto es el andar

qué listado de trampas y de engaños

cuántos tiempos

                           lugares

                                      y lenguajes

qué variedad de uniformes

                                          qué uno

                                                        que es Él

qué abandonos los del destino

calles países fuegos y canales

 

desde el hueso propio

                                  y la propia sangre

bulto de corazones y gusanos

sale una bengala sobre Belén

 

qué variedad de uniformes

                                          qué uno

                                                        que es Él

qué oscuro el sueño

                                la visión

de guerra es

                     luminosa

                                    siniestra

la bengala trazadora en Belén

cuánto es el andar

                             qué larga marcha

que airosa mancha

                               cuánto desamor

desde el hueso propio

                                   y la sangre propia

qué larga marcha

                            cuánto va de andar.

  

Un paisaje de mar, enteramente vivido, es el telón que unifica los poemas que participan las instancias más confesionales de El lugar del vuelo y Razón de olvido. Sobre éste último, se puede decir que su cenit es “razón de olvido” y su nadir, la razón de amor. El libro se mueve en los parámetros de fina observación que fijó para siempre Pablo Neruda:

 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.

 

En estos polos el autor se mueve con la comprensión serena del mundo que nace de los afectos y de las convicciones firmes, como si saliera a la vida desde

 

Una casa azul // adonde hay un pino // tramontino // En el centro de una gruta // en la que // descansan suaves las brisas // antes de nacer el viento. (Mirando una foto de infancia)

 

Y desde esa foto no cuestiona ni reniega, sino comparte una paz que tiene un componente casi místico, porque ese alcance tiene para él la relación de espíritu a espíritu: “Salí de mi casa sosegada // y queda reguero de lágrimas // arrebatadas. (En una noche oscura).

 

Cinco secciones conforman Razón de olvido (cuyo número de poemas quiero adivinar que su autor eludió que fuera 33 y lo decretó de 34). Cinco secciones más que de similar intensidad y temas, de similar estilo. De no similar intensidad porque creo que hay una sección entera que escapa de lo que es el centro neurálgico del libro, que es la inmersión en el mundo de los afectos.

  

1) A la sombra del aire erguido se llama la primera sección. Y regreso del polvo, el primer poema:

 

Los ciclos del polvo tienen Anas

son de alas

llevan meses

                        gotas

                                     pinceles

no transitan por el correo

ni saben de alientos ajustados

de gargantas

                        tocadas por oboes

  

Los ciclos del polvo tienen Anas

y tiempos desmedidos

queridos ya cantados

                                      en los que

hay un desvuelo

                                     y regreso alto

donde Él se está quieto

                                         deslumbrado.

           

¿Cuál es el aire erguido? El que tiene en su seno la creación, las claves, el aire ensemillado que riega de formas el mundo.

 

El griego que es Pallares, en tanto creyente en el poder del arte, pero también griego por su equilibrio, cree en algo innombrable que está por encima de los dioses. El destino de los griegos y las Anas de Pallares. En tanto los ciclos del polvo tienen Anas, “Él se está quieto, deslumbrado”. Y las Anas no son sino el plural de aquella que según la tradición fue la madre de la Virgen María. Santa Ana, madre de la Virgen, es tema pictórico grato al Renacimiento y por eso los pinceles del poema. Los ciclos del nacer y el morir, los del polvo, tienen detrás un antecedente no visible, un principio vital no reconocido doctrinariamente, que son las Anas, ésas que hacen que estemos, tutelarmente, “A la sombra del aire erguido”.

 

Esas Anas se pueden entrever después como “mano verde”, en medio de un paisaje idílico y compartido (Hubo indicios) y son visitación en el “claro invierno de los cirios” (Ardimiento). La visitación es del tiempo, tiempo recuperado que se torna “polen exacto”. De lo perdido vienen las fuerzas renovadas, porque es “destilado y encantado olvido”. (Acción de alquimia).

 

El aire erguido, a cuya sombra estamos en la primera sección del libro, es un aire de inminencia “donde se unen la risa y la brevedad del planto”, y donde están en suspenso la vida, “los pinceles // se quedan ciruelados // casi prontos // y de amores”. (Gravitación)

  

2) Tiene puertas oscuras el país del amor se llama la segunda sección.

 

Pero oscura no por malignidad, sino en el sentido de incognoscible. Se llega al “signo // palabra // y voz” rumor de revelación, después de “fases // briznas // puntos // de medio arco // camino de la voz”, la presencia del amor es impalpable y nos rodea: “Estoy de cielo y casi puedo oírlos // violines que suben torres vacías”, mientras una voz indaga “¿dónde quedó el amor alfarero?” (Dolor de manos).

 

El poeta se define “cuando siento existo” y confía en “recibir al tiempo ido // que vendrá”. (Dura luz de amor).

 

Conmovedor resulta, en todos los casos, esta apuesta a la fusión de los cuerpos, sentida como dádiva y con responsabilidad:

 

Me han dado

noche caída en la mano

cerrada

             que trabaja

                                entre aljabas

circunvala el puño y las espadas

disuelve

              al sésamo cuando fragua

cuece las piernas entre enamoradas. (Reparto de la mies)

  

3) Como bando de pájaros sin hilo es el nombre de la tercera sección.

 

Esa dispersión del pájaro que no encuentra donde posarse, anda alrededor de la mesa donde hay la vallejiana “Redonda y larga espera”, que no hace más que destacar ausencias: un pan que espera a los comensales. Se oyen Voces al trasluz que son las transparencias de los ausentes. “Hoy he andado el día // con mis muertos”. No es la soledad del hijo, sino la del hombre “dándole vueltas a este día // y a su hora”

 

Creo que el sentido general de esta sección es previo al paso de las dos primeras. Después de asumir esta soledad en su intensidad plena, puede darse paso al resurgimiento porque: “Los ciclos del polvo tienen Anas”

  

4) Con poca letra.

 

Es esta la sección que, como propuse, interrumpe el tono confesional del libro. Los motivos son las palomas de Felisberto, el suspiro de Arcadia de Julio Herrera, las pitangas, las estrellas, dos palomas juntas y un mismo halcón, la imagen mapuche, fiesta de oboes // esqueletos de ballena y “una línea azul en el mar” (Pedido y señal). Si es posible esta delectación es por la asumida paz de espíritu que manifiesta siempre el poeta. No es por lo tanto interrupción sino complemento. Se logra la paz para poder ver.

  

5) Polvo, sombra y humo es el engañoso nombre de la última sección. 


Quien lo considera un instante antes de leer los poemas, espera la desolación, la ausencia de seres y figuras y los esparcidos restos de un incendio. En lugar de ese paisaje predomina el anunciado en la expresión que nos guía: “Los ciclos del polvo tienen Anas”, porque al dolor de Humeral le sucede lo que anuncia el título Encuentro:

                       

Anoche supe

en línea de frontera

desde otros ojos

y esplendores

desde un suelo que da

ciego junto a una pared

donde se conjugan risa y risa

donde otra vez es fiesta

 

donde empieza el sueño

y boca a boca es la vida.

 

¿Dónde está “polvo, sombra y humo? Sólo es posible ubicarlo como punto de partida para iniciar el camino desde el abismo. Porque si el cuerpo es el barco en el viaje de la vida En mis maderas (es un título) “golpecitos hubo // oscuros llamados” y entonces se yergue el polvo y los llamados desatan las manos y devuelven los ciclos y aunque sea inexplicable algo “llega a la vida // al centro // de las manos”.

 

Y en Razón suficiente se reafirma la comprensiva aceptación del orden del mundo, con sus muertes y renacimientos.

           

Razón suficiente

 

Va y vuelve

mueve y mueve

amor alfabetario

o razón de olvido

 

anida memoria

la huella de una letra

respiración del mundo

rudimento y olvido

 

un latido azabache

nace

            entre garabatos

sin memoria

lento

muy lento trae

trae y mueve

está pleno

del semen del mundo.

 

El hombre de letras que es Pallares, no podía mostrar la puja del amor, la puja por mostrarse el amor, si se quiere más allá de “polvo, sombra y humo” sino como signo, y en este caso, garabato. Otra vez y en otra acepción, el balbuceo que nos justifica, porque es razón suficiente y la fuerza de la vida cuando un latido azabache nace “pleno del semen del mundo”.

 

Con “fe de remo”, como dicen las recordadas palabras de Gladys Castelvechi, con cada golpe impulsando el bote y con cada poema avanzando la vida. Porque ese carácter, esa seriedad ostentan los poemas de Ricardo Pallares. Y como paréntesis a estos razonamientos, si se considera lo esencial que se manifiesta en el poema para Pallares, uno no puede menos que preguntarse cómo vivió su autor antes sin escribirlos. (Apenas confiesa una lejana selección en el diario Época, en 1965).

 

Ante el lector que transita poco y nada la poesía, los poemas de Pallares pueden parecer crípticos. Pero a los ojos de quien se deja llevar por un verso, su fluencia y sus asociaciones, la poesía de Pallares es un brindis de belleza que debemos agradecer. Personalmente, agradecí en muchas oportunidades sus esclarecimientos críticos. Ahora agradezco su iluminación por medio de la poesía.

 

Decía al comienzo que la poesía de Pallares no es proselitista. No lo es en sentido partidario ninguno. En tiempos de ambiciones de poder global, de riquezas obscenas, de discursos mediocrizantes, de menosprecio diario por la inteligencia, se debe agradecer los válidos intentos por restituir la dignidad del hombre como ser espiritual. Ese es el derrotero de la poesía de Pallares. Esta es su razón militante. Y nunca más urgente y necesaria que hoy.


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Acerca de la poesía de Ricardo Pallares



Razón de Olvido

de Ricardo Pallares; ediciones La Gotera

Montevideo, 2004

 

                                                                           por Susana Boéchat

 

Lo que impresiona primeramente en el libro “Razón de olvido” de R. Pallares es la tapa, con una fotografía de Rabela del año 1996, titulada “El Ojo arcaico de Dios”; en ella es difícil encontrar la base y la parte superior, como si estuviera dada vuelta, y el cielo estuviera entre nosotros y el suelo en las alturas.

 

Estos atisbos de misterio se justifican al leer los poemas inquietantes, a veces ambiguos o herméticos en su semanticidad, donde lo que más importa es el juego de los significantes, ajenos a toda tautología clásica.

 

En esa escritura lírica-lúdica, el crítico-ensayista se despoja  de todo academicismo y como Cortázar en “Rayuela” crea o deforma palabras, convierte en sustantivos comunes, algunos sustantivos propios, o en verbos transitivos a los que no lo son, o crea simplemente verbos provenientes de sustantivos, ajenos a toda norma gramatical o de uso, en el libre despliegue de su creatividad, hermoseando el lenguaje poético. Sirvan como ejemplos los siguientes testimonios, donde -repito- su libertad creativa llega también a los  enunciados:

 

                         “Los cielos del polvo tienen Anas”

                         “(…)hay un desvuelo

                                        y regreso alto

                           donde Él está quieto

                                          deslumbrado.”

 

Regreso del polvo, p.9

 

                           “con aconcaguas de angor

 

                            (…)crece creció

                            (…)baja

                                 bajó”

                                               De altura, p.11

 

                            “señal y sombrasol

                            (…)salsedumbre del aire”

 

                                               Hubo indicios, p.10

 

                            “y la brevedad del planto

 

                                               Gravitación, p.11

  

Existen visitas de espíritus sin carnadura, como en los sugestivos versos de “Ardimiento”, p.14:

 

                            Hubo visitación

                            en este frío mediodía

                            del claro invierno de los cirios

                            y deseos de posarse

                            en músicas suspensas

                            al frente de la casa

                

También aparece el tema del olvido que según el autor es “destilado y encantado” y “vuelve desde adentro de la vida.”

 

En cuanto a su relación con la pintura que aparece tanto en la poesía moderna como posmoderna, se establece en varios poemas:

 

                            “los pinceles ciruelados

 

Gravitación, p.11

 

                              “que ya baja

                              y se sube por los pinceles”

 

                                                Humeral, p.58

 

En “De los cantos nace”, p.21,el poeta canta al descubrimiento del amor; éste se complementa con el poema “Dolor de manos” donde nos habla de un “amor alfarero” que no sabe dónde quedó y así se expresa innovadoramente en estas construcciones lingüísticas:

 

                              “Estoy de cielo”

                              “(…)caminan templos”

                              “(…)Voy de hierba”

                               “(…)voy de arcilla”

 

Este último poema, como otros, es polisemántico y nos envuelve dentro de una cómplice ambigüedad autor-lector. También introduce, como los poetas de las últimas generaciones uruguayas, palabras del mundo tecnológico y cibernético: telencuentros, zaping; técnica que vuelve a utilizar en el poema “Con los dientes en cruz”, p.33, uno de los de más profundidad ontológica y juego de nuevos significantes. En este sentido no sólo nos recuerda a Cortázar, sino al mismo Vallejo en “Trilce”:

 

                              Me has conocido sin nadie

                                                                        y sin mí

                               (…) Me río desde estos dientes nuevos

                                constelados de dolor

                                                                 de mirir

                                 orión

                                 pesaroso dolarizado

                                 dolarido

                                                un word 95

                                 con dolormática básica

                                                                          para  

                                 un operador

                                                     con viento sur

                               Elación amebea sobre

                                                                     el río

 

Con los dientes en cruz, p.33

 

El tema de la muerte y los muertos que lo han abandonado se repite pero sin estridencias manidas ni efusiones románticas, al contrario, con cierta distancia, casi como un observador (Poemas “Redonda y larga espera”; “Voces al trasluz”)

 

A medida que se avanza en la lectura del poemario los textos se hacen más crípticos, como el titulado “Quién sabe, al azar. p.35”:

  

josé maría

                  El dominó eguren

verde

           fantástico

                            solo

                                    sin silla

   

Hasta se prosifican, como en la parte titulada “Polvo, sombra y humo”:

 

                                                                                     “una línea se alarga

crece arcilla recorre la ausencia de lo nombrado busca la fuente viene del polvo mueve(…) p.57

 

El poema “Ay”, interjección sin signos de entonación, es triste y bellísimo pero impacta y confunde en su autoría porque está escrito en cursiva y el yo lírico es una mujer (p.36)

 

“Taquicardias” es otro encuentro lúdico con el lector avezado:

 

                                “Taq de nubes hay

                                (…)se endecasílaba

algodona

                                                                silabea

                                  trae continentación

                                                                 p.40

 

Ironía, absurdo, chispas de un creador inteligente que maneja el lenguaje a puro placer; por ejemplo cuando transforma nombres de escritores en adjetivos connotativos, como en el poema “A qué altura hemos caído”, p.42:

 

                                 “de historias felisbertas”

                                 “herreriano desacuerdo”

 

La ironía, como ya dijimos, entrecruza algunos poemas, como en “Los Gatos”, p.46:

                                    Se abrió una puerta

otro sueño se abrió

                                    cuidemos a Dios

                                             entusiasmado

hay

                                   llamas que no queman

                                               cielo de gatos.

 

En su creacionismo se acerca al chileno Huidobro y al argentino Girondo; pero Ricardo Pallares es él mismo, ruidosamente anticonvencional, gusta de jugar con la palabra, simula “engañarnos” y nosotros quedamos atrapados por su talento poético y su vena lírica.


Ricardo Pallares y su “Amante Geología”

Editorial Botella al Mar

Montevideo. 2010

 

por Susana Boéchat

 

Poesía inteligente, alta poesía la de este libro que puede abordarse tanto desde lo conceptual como desde lo formal. La forma, el significante, se aviene a lo significado. Ricardo Pallares se consagra como auténtico poeta, con un estilo propio, nuevo, que no escapa a la ambigüedad tan propia de la Poesía, tal como lo requería Borges en el ensayo homónimo de su libro las “Siete Noches” y con la belleza propia de un diamante.

La piedra es origen y permanencia en el mundo aunque no escape a la erosión. La vasta cultura del autor se revela aquí y allá en la mención de antiguas civilizaciones, y el huevo matriz de la serpiente o al nombrar dioses míticos. Por supuesto que no es cuestionada la finitud del hombre por Pallares, es constatada una y otra vez, sin remansos. Aún el poema que alude a los licores de la tía desaparecida, habla del Tiempo inexorable para el Mundo. Porque también lo natural desaparecerá bajo su mandato y, ni qué decir del amor.

 

El número tres, como en la historia bíblica es cabalístico: hay imágenes de tres lunas, tres árboles secos, tres velas.

La piedra en el Universo aparece como menos mutable:

 

                    “florece un no tiempo en las montañas

                    que disuelve infinitos y los cuaja”

 

                                         El Banquete, p.67

 

Y una leve esperanza de redención apenas se musita en algún verso:

 

                     “con oculto fervor habrá oración”

 

                                          El Banquete, p.67

 

Aún la piedra se conduele ante la “historia tan pobre de los solos”. El amor siempre se diluye, así nos lo dice en el poema “Silencio Ocre” que nos remite al destino de los huesos en Quevedo: “polvo serán, mas polvo enamorado”

Y así nos dice Ricardo:

 

                       “reberbera una esfinge que se asombra

                       sonríe se mueve y a veces llora

                       por la historia tan pobre de los solos

                       ……………………………………….

                       lleva ánima madre en sus alas de aire

                       sonríe se mueve y a veces llora

                       ………………………………………….

                       que todo amor es pétreo y es de polvo.”

 

En varias ocasiones Ricardo Pallares se refiere al papel, a la escritura, con un metalenguaje bellísimo. Ejemplos:

 

                            El silencio puede más

 

                      “(…)para los universos que se caen

                       (…)lugar de un tiempo disuelto en celo

                      ………………………………………………..

                              al gran cuerpo del mundo

                            en reconciliación de matriz

                       (…)y en este papel.”

 

                                               p.47

 

                O en Sagrado papel

 

                            “hay relámpagos

                            en este suelo de papel”

 

Las alusiones al mundo de Internet, al mundo actual de la imagen, al mundo de los capitales y la Bolsa, siempre cambiante, aparecen como contrapartida a la “amante geología”:

 

                 “nadie quiere ser lítico ni puro

                 …………………………………..

                 sonreímos al play station al llanto cristalino

                 por la Internet todo va hacia el bolsón

                 sincronizado con el valor de las guerras móviles los teléfonos.

                 los cables submarinos

                 las células siempre derraman lo que no les llega

                 lo derraman los capitales

                 a su oscuro destino”

 

                                “Como en la voz de Selva”, p.17

 

Revé la función del poeta:

 

                  “los poetas no quieren miel de hielo y roca

                  …………………………………………………

                  dicen maldorores nuevos en cuerpo y lengua

                  con censores para la tonta nada”

 

                                   “Como en la voz de Selva”, P.17

 

El poeta define así a las rocas:

 

                                  (…) “son un cielo

                   prisionero de intermitencia y espera

                   un cielo adonde van las fiestas

                   adonde todos vamos desde el mundo.

                   con un infinito y magro botín.”

 

                                        Como en la voz de Selva, p.21

  

Esta antítesis “infinito y magro botín” es ese “absurdo amontonado”, en un poema posterior.

Diríamos que hay más razonamiento, más definición filosófica y ontológica que sentimiento, escondido en el interior de la piedra. En este libro el poeta ya no sólo se preocupa de su yo ser humano, sino de la esencia misma del mundo al que pertenecemos. Y muchos poemas son un viaje por el pasado de la humanidad en lo que tiene de ínfimo, de nada, en definitiva.

 

Poesía sustancia, sustantiva la de este magnífico poeta en la que la metáfora sin embargo alumbra como una piedra preciosa:

 

                         (a las piedras) “les nace en la piel el liquen y el mundo.”

 

                                                                                   p.77

 

                         “al anegado estuario indefinible

                         abierto como este cielo empolvado

                         con lánguidas mesetas de nostalgia”

 

                                             Llorosa, 81

 

Y siempre su fe en la palabra:

 

                                           Saberes

 

                           “sabios son los borrados diccionarios

                           bien saben la abandonada unidad”

 

                                                             p.87

 

Versos libres, preferentemente de arte mayor los de esta Amante Geología de Ricardo Pallares, con intenso uso del endecasílabo, que honran a la poesía uruguaya y de Hispanoamérica.

 


 Agosto del 2010, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


Ricardo